Jamás tuve la vocación de quejarme de la vida. Como Violeta Parra cantaba "Gracias a la Vida, que me ha dado tanto", así también me inclino delante del Hacedor de los Universos y siento aquí, en este lugar donde debería haber un corazón, un ladrillo de la más dura piedra. Este cambio físico-químico-anatómico se debe a que me siento un inútil habitando o ocupando un lugar que otro prestigiaría. Mi problema comenzó cuando me prometí, en mis 15 dolorosos años de huérfano y morador de calle, que nunca dejaría de tener sueños, como aquellos pedazos de lunas crecientes que navegaban en los ojos y senos de mi enamorada, linda, rubia, de trenzas tan largas como mis deseos de tenerla siempre para mi. Juré ante el altar de la soledad diurna y nocturna que no renunciaría a hacer de mi vida un poema como los de Gustavo Adolfo Becquer o, en mi joven ambición, como el Farewell de Pablo Neruda (amigo y camarada de luchas, exilios y tortura), aún cuando el hambre me apretase la garganta o el frio me abrigase con su bufanda de inviernos; más aún, cuando el viejo tiempo me empujase hacia la militancia revolucionaria para dar parte de mi sangre a los millones de mártires de los ricos, tan pobres en compasión y a la vez, tan hipócritas y de rodllas ante los altares de los santos que no les dan la mínima atención, porque ya están condenados al infierno más cruel que los demonios de la avaricia inventaron para reyes, duques y porquerias de esta tierra.
Pues, entonces, porque estar triste? Es que alguien que amo y llamo hijo no quiere dejarme que duerma mi ancianidad en su pecho joven y me rechaza su rostro para depositar en él la única herencia que puedo dejarle: mi propia ternura y el tesoro de mi amor.
Más, como juré no dejar de ser un adolescente rebelde con justa causa, voy a volverme un Merlín y hacer brujerías, a plena luz del día hasta que consiga que cuando yo esté viajando por los sexos de las estrellas, como un átomo vivo, él pueda leerme en las noches estrelladas, pues desde esa pequeña dimensión de la nada, aún le escribiré diciendo que todavía lo amo.
Suerte que esa linda niña que me amó cuando aún era virgen y ahora me odia, jubilado de tantos amores muertos, cuando soy un viejo apasionado de la risa y el canto de las muchedumbres revolucionarias, me dejó todo el océano de su ternura para navegar, a veces sin rumbo y a veces naufragado en las tormentas de la sociedad, hacia otros muelles en donde poder descanzar el cuerpo de mis sentimientos heridos. Los dioses del amor, no siempre atentos al dolor del corazón, me levantaron desde mi cama de sal para entregarme en los labios de esta mujer que me regaló hijos y nietos, como maravillosos presentes de alguna Navidad olvidada. Maria, es una estrella cadente dirigida hacia mi dolor de padre incomprendido, y es por eso que aún puedo renovar mis juramentos de niño abandonado de nunca dejar de hacer de las horas versos de agradecimientos a la "Vida que me ha dado tanto". Hoy puedo amar igual cuando no podía gracias a esta bruja que me embrujó en las horas tan próxima de mi partida. Pablo Ballesteros (30 de noviembre de 2009)
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Pablo, quisiera poder decirte, no fue en vano y con eso abrigarte un poco, pero no se igual a veces no se por que pasan las cosas, y me duele y molesta hasta sentirlo fisicamnete como la incomunicacion entre los seres provoca tanto daño.Tus sentimientos son tuyos, tu los sientes, y eso es maravilloso, alla ellos, los que estan cerrados, bloqueados, con los brazos cerrados sin querer recibir un abrazo tuyo, que importa lo que haya pasado ahora hay que recuperar el tiempo, la vida se nos acorta cada dia amigo......estoy tratando de no enojarme, de no darle importancia a l@s peleles, a l@s pobres de corazon, fuerza amigo, tus sentimientos valen todas las estrellas del mundo y mas.
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