(Ensayo de un cuento jamás acabado)
Era un hombre cansado. Cargaba en su piel toda la creación de las tristezas. Estaba vulnerable y por eso sentía que le empujaban la espalda esas diosas de cuerpos imaginados: Las Horas, creadas en el vientre imaginativo de Hesíodo, magnífico mago de la vieja e inventada y desaparecida Grecia, hoy muerta en el esqueleto de una modernidad también moribunda. En su frente llena de sudor, perlas y caminos finitos nadaban, como propios orgasmos, los amores celestiales de Júpiter y Témis: Eunomia, Dice e Irene, disminuyendo un poco el peso de sus huesos. Se las imaginaba desnudas y ardientes amantes de todos los Luciferes inventados por hombres y medio-hombres, aquellos con miedo de vivir la vida en los cuartos donde verdades se transforman en mentiras o ilusiones, cuando se escriben pasiones pasajeras en los milímetros sagrados de la piel de mujeres condenadas en el desierto del sexo matrimonial. Serian estas vírgenes-madres las promesas del poético olvido de la parte oscura de su pasado y del cuchillo que hería el presente futuro?
Tal vez un hombre como yo, pensaba Antonio, no quiera olvidar las dulces traiciones y crucifixiones de tantos amores rotos, envejecidos de tantas infidelidades, más que le sirvieron de nave espacial para resucitarse para otras pasiones y morir viviendo en otros pechos.
Pensaba y pensaba en la cuadratura de la existencia humana, en cuanto la tierra giraba loca y redonda en triangulares relojes en cielos desconocidos. Era obligatoriamente un feliz pasajero del tiempo sin tiempo, que encontró detrás de árboles, como policías del aire, el calendario de hojas donde duendes del difícil amor con ternura escribieron los angelicales nombres de mujeres que lo dejaron anciano.
La geografía pasaba indiferente bajo sus pasos y el aire como eterno vagabundo sin cuerpo lo abrazaba como si fuera nube dispuesta a secar su llanto seco y anónimo. Estaba triste y solitario. Su tristeza y soledad caminaban juntos. Tal vez, debería apagar sus recuerdos, dejar un abismo negro o blanco entre él y la realidad de esas horas que como sirenas de montañas, en vez de llamarlo con sus truenos de besos y cantos alcohólicos, lo despedían para el paraíso de todos los amores insepultos.
Llegaba a este pueblecito con esperanzas de encontrar las preguntas que tenía para las dolorosas respuestas del último beso de Paula; de la española de ojos de abismo; de las pequeñas palabras de Sonia; de la rusa de ojos de flores silvestres; de la sonrisa de Maria, la brasileña de tenía en sus pupila azules la maternidad celestial de los mares terrestres; de Isadora la princesita turca que había escapado del harem paterno para abrazarlo a escondida del mundo geográfico; de Hortensia, la niña venezolana que lo había condenado al insomnio eterno; de Francisca, la peruana que con sus magias sexuales le había robado parte del alma y dejado medio muerto en la playa del dolor; de aquella gitanita sin nombre que conoció en Salamanca, embrujándolo con el jeroglífico de sus labios pegados a sus labios; de la señora Aurora que burlando la vigilancia de su esclerosado marido había encontrado de nuevo la juventud entre las sábanas del adulterio; de Jacinta, la campesina chilena que con sus dedos de ordeñadora de miel le había hecho beber la leche de sus senos; de todas as desconocidas que en las noches de los días sin sombra lo habían convertido en vampiro de amores..Esa montaña de recuerdos lo mataba. Quería volver al reloj del pasado, mas no era dueño del tiempo sin tiempo.
Cómo es terrible tener este pedazo de memoria eternamente acordándolo del insomnio de marinero sin mares? Por qué esos encuentros sexuales del pasado que ni siquiera fueron matrimonios, venían ahora que estaba cansado y triste, atormentarlo, gritando con calores de verdugo a decirle que seria un perpetuo solitario en soledad, triste en el vaso de las tristezas y apagado en la sombra de su cuarto si no encontraba luego un puerto femenino en donde atracar su pequeño barco lleno de tantas y tantas tiernas pesadillas? Ser eterno vagabundo alimentado de restos de frases sin sentido pronunciadas en tantas tormentas sufridas con novias y esposas propias y ajenas? No era justo. En el flaco horizonte del futuro estaría esperando la muerte y ahí seria tan libre como gorriones de invierno.
En fin, llegaba con todo ese rosario de pensamientos entretejidos de esperanzas de un pronto descanso a ese pueblecito de sombras y edades pre-históricas. Cuál era el nombre? No recordaba de haberle preguntado al chofer del bus destartalado que porfiando en no jubilarse mientras pudiera comer caminos de tierra. No hacía diferencia. Podía ser Stalingrado, Paris, Madrid, Caracas, Santiago, Buenos Aires o el infierno. La gente era la misma. Diferentes estaturas, pieles de maravillosos arco iris raciales, cabellos iguales a selvas de luces y sombras, idiomas parecidos a dialectos escuchados y no aprendidos, miradas desconfiadas, propias de gente civilizada enemigas de todo ateismo divino.
Como en toda la geografía occidental, quien mandaba en el pueblo era el señor cura. El alcalde no existía, aunque estuviera vivo y recibiendo sueldos inmerecidos más pagaba los diezmos religiosamente y simplemente por eso tenía asegurado un lugar en el infierno. Esa humanidad humana no le interesaba para nada. Buscaba el silencio del descanso después de tantas batallas perdidas y guerras ganadas.
Llegó a pensión (todo pueblo ignorado tenía una pensión en algún rincón) El Gorrión. La dueña o lo que fuera, gorda y alegre, lo hizo firmar en el cuaderno casi vacío. Grabó su propio apellido: Antonio Caballero. Le entregaron una llave parecida a pieza arqueológica y candidata a museo. Abrió el cuarto y vio por la ventana con un vidrio roto como carie del paisaje, todo el universo resumido en una plaza que le contarían miles de historia de imperfectos amores campesinos, bucólicos y repetidos como cuentos de niños. Más dejaría para otro día esa conversación con los troncos de los centenarios árboles en donde se empujaron los enamorados, escondidos de la guadaña de las tías solteronas y de las madres cansadas de parir. Ahora voy a dejar mi cuerpo en esta cama de fierro y permitir que mi alma (si es que aún tengo alma) invada el territorio de algún amor inexistente. Mañana voy a despertar e continuaré muriendo…