sexta-feira, 17 de setembro de 2010

Imposible Olvidar

IMPOSIBLE OLVIDAR

Pablo Hernán Pinto Ballesteros


Ilya Prigogine, en su libro “El Nacimiento del Tiempo”, publicado en 1988, mas aún vigente en todas sus ideas, teses, propostas e iniciativas cita a John A. Wheeler como afirmando que “…cualquier observador, el hombre y la conciencia son los que crían el tiempo, el cual no existiría en un universo sin hombres y sin conciencia”. Los físicos, entre eles David Bohm, Stephen Hawking; filosofos como Stephano Sabetti; médicos como Kart Pribram, Michael Talbot, Rupert Sheldrake; religiosos como Pe. Bede Griffiths; místicos como Krishnamurti, inclusive el Dalai Lama (de quien no gusto por su proximidad con Bush e otros señores de las guerras, asesinatos de civiles y estupro de mujeres) no cesan de investigar si el tiempo existía antes que el universo y si este se encuentra en proceso de constante evolución. Me da la impresión que quieren levantar un muro de ideas entre el pasado y el futuro (ya que el presente para mi y no se si para ellos es apenas una dramática, cruel y dolorosa ilusión). Más no consiguen borrar los rastros dejados por los tiempos singulares; sean traiciones, parábolas olvidadas o escondidas sobre las Bien Aventuranzas, guerras sin motivos y armisticios orquestados, amores traicionados y decepciones infinitas. El tiempo es como el Purgatorio de Dantes; el tiempo es el pecado filosófico de Max Weber; es el látigo que castigará para siempre aquellos monstruos que pretendieron amordazar el alma de los poetas, de los enamorados del amor, de los magos de la ternura o de los que tienen hambre y sed de justicia y de moral política, de los que sueñan que un día viajaremos abrazados por encima de los soles, cabalgando sobre los pechos de las estrellas, como si fuéramos hermanos y habernos conocido, para siempre, en la matriz de la ternura revolucionaria, esa pura y transparente rebeldía que quiere pintar de verde la cara negra de esta realidad sin sentimientos maternales. Aún más, diría que el tiempo es el verdugo de los viejos que dejan que las piedras de los días los entierren en mausoleos sin ventanas. Entonces es bien diferente ver el cabello del tiempo corriendo junto con los vientos de invierno, peinándose con flores y aromas de paz. Me refiero al tiempo que los poetas hacen eterno. Y por qué esa tremenda diferencia? Pues los físicos apenas ven el iris de sus narices en encrucijadas ecuaciones que no tienen respuestas apenas incógnitas y los soñadores de pasiones imposibles o posibles que ven el tiempo como un infinito dibujado en los cuadernos del universo desconocido. Pero existe una posibilidad de encarcelar al tiempo en un convento de monjas enamoradas de virginidades mundanas; condenar a cadena perpetua los tiempos de mirada horizontal como la que doy a la mujer amada o a la amante olvidada?. No, no existe el malecón de donde pueda levantar la mano, enarbolando un pañuelo blanco, para decirle adiós al pasado y bien venido al futuro. El tiempo, imitando a Zaratustra, murió o lo mató la soledad. Igual como las torres de las iglesias y las cuentas bancarias de los cardenales mataron a Dios.
Hablar del viejo tiempo que con su bastón de horas renguea sin rumbo es como penetrar en los sentimientos ajenos, hacerlos prisioneros de mis sentimientos y poder construir la Torre de Babel en donde todas las lenguas de la humanidad hablen apenas una palabra o reciten el verbo en diferentes paisajes: yo amo, tu amas y todos nos amamos. Más, un amor morfológicamente diferente de aquel encadenado en los cuatro paredes de una cama nupcial; un verbo hecho flor enterrado en la carne imaginada de la señora edad. El reloj del señor obispo, diariamente intruso de mi silencio sacerdotal, colgado en un montón de ladrillos que no saben rezar, me interrumpen cortando mi tiempo en pedazos destruidos. Ese tiempo que dejo durmiendo en mis pestañas, dedicado a pensar que soy un árbol abrazando pájaros gitanos, tal vez una nube sin lluvia o un pez perdido en los océanos de las palabras, tiempo que tiene por único dueño a libertad para librarme de este disfraz humano y correr, correr como un loco que tiene “golondrinas en los talones y un melón por sombrero”, volar para poder decirle a esa sombra amada, que el tiempo volverá a ser un niño amamantado por todos los senos del mundo, nacido del blanco vientre virgen de una pasión no declarada. Mas, Gustavo Adolfo Bécquer me detiene y me entristece cuando dice:”…volverán las oscuras golondrinas/ de su balcón sus nidos a colgar/ más aquellas que aprendieran nuestros nombres/ esas no volverán…” Es decir, mañana o tal vez nunca volveré a cosechar la semilla de sus besos; los sonidos de amor descuidado jamás los volveré a apretar en mis carnes humanas; las palabras cortadas por la emoción de sentirse viva y oportunamente deseada, nunca más voy a tener tiempo para olvidar y poder nacer de nuevo, así como nacen desnudas las hojas en los álamos rurales. Por eso no me gustan los físicos, ni los filósofos, menos los místicos y médicos que miden el tiempo conforme la profundidad de sus limitaciones. Yo y ella somos el tiempo, somos todo un rosario de horas y un desfile patriótico de besos sin horas ni tiempo

quinta-feira, 9 de setembro de 2010

Casi llegando la primavera

Confieso que soy casi como un benedictino, más sin monasterios ni vaticanos; voy tejiendo mis utopías imposibles para vestir mis sueños y a pesar de lluvias de intolerancias también confieso que no soy perfecto, mas quiero ser justo. Por eso me aprieto en todos mis Juramentos para que las tormentas de la vanidad y ambiciones que tanto abundan en el mundo profano y en el otro no me ahoguen con su sal de maldad.
Parece que confesarse hace bien, pues los hombros de mi conciencia quedan mas leves y dispuestos a cargar los nuevos pecados veniales de amar todas las mujeres solteras, casadas e ínter ludiadas; cargar sobre la razón hermanos nuevos; vivir sin mirar para atrás días nuevos; revivir encuentros adúlteros nuevos y primaveras de vestidos cortísimos nuevos.
Cuando trajinaba mi juventud por los patios de las mujeres que ame (a lo mejor también fui amado y no desperté con los besos que me dejaron caer en mi porfiada soltería de honesto traidor de amores), fui recogiendo pedazos de experiencias con las cuales construí una ternura por mis enemigos, sin que ellos se dieran cuenta que son marginales viviendo en condominios de ricos.
Cuánta tristeza me causan los que tienen ojos de vidrios que les impide ver la pobreza de sus hermanos de carne y hueso; cómo me duelen los oídos de tanto escuchar los gritos de silencio de los indios desposeídos de sus ubres territoriales y hoy encadenados a una civilización fea, sectaria, fanática, deshumana, terriblemente idólatra y voluminosamente analfabeta de toda la pré-historia en donde fueron enterrados los secretos del Grande Geómetra de todos los universos escondidos de nuestra razón.
Cómo siento en mis testículos de hombre bien hombre el dolor que provocan a los niños los aprendices de dioses con pezuñas de barro. Ayer mataban y quemaban mujeres por ser amadas y amantes; trituraban hombres por sudar libertad mientras los curas, los reyes, los eternos vagabundos con títulos de condes, barones, marqueses y otras porquerías sociales abrían sus gargantas para reír de la sangre derramada por los negros azotados y de rodillas (antes de la barbarie colonizadora – misionera eran reyes de sus tribus y gobernantes de sus almas y después del catecismo papal son humanoides descartables coronando las metrópolis del primer mundo bélico y politeísta).
Bandos de eternos parásitos sociales invadieron (aún invaden) las tierras de los hermanos incas, mayas, aztecas, mapuches, diaguitas, tupís-guaranes, xavantes y miles de otras naciones soberanas en este corazón que tenemos por tierra natal, usan cuchillos fratricidas Made In USA, cañones asexuados y pólvora religiosa; mataron (aún matan) viejos sabios, estupraron (aún estupran) nuestras hermanas, envenenaron (aún envenenan) la cosmología e cosmogonía de verdad y esclavizaron (aún esclavizan) el sexo del mundo pobre al palo mayor de sus degeneraciones, solo y solamente para saciar vicios hediondos, llenos de todas las plagas bíblicas.
Algunos quieren que escriba sobre los alelíes, copihues, rosas y zarzamoras, que deje de leer Heródoto con sus historias de verdades, que no me incline delante de la sabiduría de Tucídides, ni aprenda a ver el mundo como Platón lo vio desde la Caverna; que no piense en La Ciudad de Dios de Santo Agustín, ni me atreva a descifrar el laberinto teológico de Santo Tomás de Aquino del cual todos hablan y nadie entiende; quieren que me junte a Maquiavelo para endiosar los príncipes de Arabia Saudita o de Los Emiratos Árabes e ver danzar sus concubinas con etiquetas falsas de esposas, en cuanto azotan a la Sakineh. Sin embargo, no soy sordo al liberalismo católico de Maritain, como no entiendo a Hobbes que trata al hombre de lobo, ni a Tocqueville con su hazaña republicana. Mas soy admirador, así como Keynes y Friedmann, de Marx y Hengel; admiro la utopía de Proudhon, Bakunin, del Príncipe Protopkin. Repito día a día el Poema Pedagógico de Makarenko y hago amor sin sexo con todos los poetas malditos del siglo pasado.
Pero (siempre hay un pero), tengo repulsión gástrica cuando me nombran a Koimini (hoy acredito viviendo en el infierno donde se pudren los fanáticos e ignorantes intolerantes), tal vez porque admiro la franqueza filosófica de Durkheim y la claridad crepuscular de Max Weber. Así como leo a Marcuse tengo pleno derecho a no concordar con Aron (el anti marxista), porque soy partidario de la autonomía intelectual de Charles Taylor y de todas las tesis éticas de Rosenzweig e Ricoeur. Debo confesar, con fingida vergüenza, que me falta tiempo para leer y amar, de aprender de quien piensa y no lee. Por fin, confieso que me horroriza leer La Intolerancia en Europa de Italo Mereu, como sufro re-leyendo la Inquisición de Pilar Huerta, Jesús de Miguel y Antonio Sánchez.
Mejor es pasear por el jardín de los sueños de Alí Babá y los 40 Ladrones para perdonar los miles que conozco en esta contemporaneidad. Por eso que así sea…

sexta-feira, 3 de setembro de 2010

El Arte de Ser Tolerante

Por más que me exija ser tolerante, es un suplicio cuando se tienen ojos para ver, oídos para escuchar y, desgraciadamente por no ser de esta generosa tierra, una mordaza en los dientes. Así como Neruda, el poeta con inmensidad cordillerana y estatura oceánica, puedo pedirme copiar los gemidos de dolor de quien vió destruidas las vidas de los otros, aún mas cuando se tienen amputadas las manos para la política partidaria, para expresar ideas e ideologías con se nutrió mi juventud rebelde y de volumen de un arco iris. Aún más, en mi espíritu viven los fantasmas transparentes del poeta español de los siglos de oro, Jorge Manrique, que revoleteando cuales pelícanos en los mares de mi carne y que resume toda la violenta geografía de lluvias y truenos de mi Patria, que le gritan sus versos, desde mis sábanas blancas de sangre, a los dictadores, a sus gemelos negros de fusiles y torturas, a sus sucias amantes sin flores ni aromas ni colores y a sus fetos que jamás deberán nacer en tierra de mujeres femeninas y de hombres con hormonas fraternales en sus huesos. Por eso recuerdo con orgasmos cerebrales la maldición que lancé a mis torturadores comprados a tantos pesos su maldad: “Los muertos que vos matasteis/ gozan de buena salud”.
Pero mi rabia justa y perfecta, como un Padre Nuestro, me obliga a recitar, para calmar las ganas de cobrar los dolores sufridos y hacer pagar en todos los Purgatorios construidos en el Más Allá y en el Más Acá, este exilio tan antártico y ecuatorial a esos que nacieron humanos y los 13 denarios Made in USA y los odios aristocráticos contra los pobres “constructores de las riquezas de unos pocos”, esa patológica egolatría fanática y religiosa que los transformó en víboras que las mismas víboras no aceptan, ni aceptarán, en sus nichos subterráneos. Gracias al brillo de todas las estrellas que un día visitaré en compañía del Creador no me dejaré infectar con las pestes mortíferas de los opus dei y de sus sacristanes escondidos como hombres-femeninos o hembras-masculinas en grupos que gozan cuando los niños lloran de hambre, que ríen cuando los hospitales les da patadas a los enfermos pobres y los mandan a morir pudriéndose en las piedras de las calles porque no tienen como pagar la sífilis que representan los Planos de Salud, inventados en los manicomios de los empresarios de la Parca.
Fracasaron los monstruos, como se transformarán en estatuas de sal todos los demonios transvertidos de santurrones que les niega a la juventud el derecho divino de ser rebeldes como un Jesús expulsando los mercaderes que usaban los templos para sus catabolismos intestinales. Jamás, gobierno alguno ni batallones policías de choque con sus imbéciles chorros de agua sucia o bombitas de gases lacrimógenos, podrán extirpar la semilla que los mapuches heroicos, dueños legítimos y naturales de todas las tierras morenas de esta parte de las Américas que enviaron, en sus tiempos de selva y libertad a los colonizadores para los Quintos Infiernos, más los cuales volvieron disfrazados de misioneros de un Evangelio en el cual jamás creyeron ni creerán.
Primavera tras primavera florecerán las rebeliones en los patios escolares o en las salas universitarias contra las injusticias y contra todas las educaciones analfabetas administradas por los hipócritas empresarios de las pedagogías de la nada.
Pero, y hay muchos peros, engendrándose en mis carnes, ese pedazo de poema de Neruda me vuelve de nuevo un revolucionarios con margaritas en las iris de los ojos y tomates en las manos: “ Preguntaréis:Y dónde están las lilas?/Y la metafísica cubierta de amapolas? Y la lluvia que a menudo golpeaba/ sus palabras llenándolas/ de agujeros y pájaros?. El universo de los hombres Libres y de Buenas Costumbres contesta: en la sangre roja de los niños que nacerán con flores para depositarla en las tumbas de los que un día se atrevieron a combatir las tinieblas de los ultra-conservadores y de sus ministros que se sientan en medio de la platea política, cruzando los brazos frente a su impotencia para detener las “ruedas de la historia”.
Llegando al centenario de mis edades materiales, conservando la juventud en las neuronas sexuales, jamás voy a olvidar el poema 15 del Vate Cósmico: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente,/y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca./ Parece que los ojos se te hubieran volado/ y parece que un beso te cerrara la boca”.
Adivina, incógnita amante cósmica y universalmente hermosa, hada madrina de mis utopías imposibles, para quien estoy escribiendo esta especie de oración de los miércoles: para el más allá, donde viven los mártires y los santos de verdad.
Voy a matricularme en la universidad de los perdones para poder ser tolerante con quienes son intolerantes.
Que así sea…