quinta-feira, 25 de novembro de 2010

PERRO MUNDO: MUNDO PERRO

Estaba escribiendo mis emociones recién nacidas cuando un dedo rebelde o computador diabólico, interrumpió las ideas ya interrumpidas por la santa rabia que borró todo. Mejor así, pues vuelvo a penitenciarme por ser un rebelde anarquista racional.
Quise decir que si el mundo fuese gobernado por los PERROS de eterna, mansa y tierna mirada, que con beatifica lealtad a sus dueños quedan vigilando para que intenciones fratricidas no invadan el alma familiar con las perversidades humanas criadas por este mundo (des)humanizado. No se si algún poeta perdido en utopías escribió que ellos (los PERROS) serian mejor gobernantes que aquellos incrustados en los poderes visibles, protegidos por las eminencias pardas o negras, con carné de racionales y defensores de esta “cosa” llamada democracia (es mi opinión, autorizada desde mi nacimiento). Por ejemplo: si en las Naciones (des)Unidas ocuparan presidencias de tantísimos organismos que no conocemos o que sabemos que no sirven para nada, a no ser dar empleo a expresidentas o presidentes fracasados o perjurios de sus ideologías. Ellos, los PERROS pagarían a las viudas cuyos maridos murieron sin saber porque murieron en esas guerras imbéciles; secarían de los niños las lágrimas que florecen como tomates en las huertas de la sociedad burguesa-capitalista para reemplazar los besos de sus padres enterrados como anónimos funcionarios de empresas y fábricas de armas, sepultados para siempre en campos extranjeros; consolarían las novias que quedaron vírgenes o grávidas de amores frustrados para que vuelvan a entregar sus besos y senos llenos de leche a otros amores; levantarían del suelo los viejos tristes de miradas acuosas para que no continúen de ojos fijos en horizonte perdidos esperando los hijos pródigos del Testamento; las fábricas de pan, chocolates y risas, también danzas y amores verdes, tendrían de vuelta todos los obreros de la alegrías de los casamientos apresurados o postergados, los bautizos y cumpleaños; obligarían que todas las iglesias de las billones de creencias rezem para terminar con muertes inútiles y que los Seres Humanos recuperen la racionalidad perdida en la Hipermodernidad que profetiza Sébastien Charles y vuelvan a descifrar el Sermón del Monte; terminarían con el odio de clase, el fanatismo ultra-religioso o politiquero, a intolerancia de los que dicen tolerantes; el amor tendría un Templo Universal tal como El Grande Arquitecto de Todos los Universos planificó en el tiempo inconocible e infinito; decretarían que las esposas y amantes nos abracen, nos besen con orgasmos celestiales en vez de la criminal sentencia bestial que las condena a morir apedreadas por entregar sus Montes de Venus a la ley porfiada de la naturaleza; en fin, gracias a los PERROS, podríamos dormir si rejas ni alarmas en nuestras camas nupciales y poder enviar nuestros hijos de las manos de sus abuelas a pasear por las avenidas, tan mal cuidadas y peor ornamentadas por alcaldes demasiadamente pagos para no hacer nada, a gozar las cálidas brisas de libertad que nos dan gratuitamente las siempre infantiles estaciones de los años. Creo y estoy convencido que Shopenhauer tenía absoluta razón cuando de tanto observar la conducta de los “hombres” amaba más su PERRO o que Nietzsche lamentaba en Zaratustra que Dios murió en las garras los banqueros constructores de miseria. Más ahí está, como una profecía, el Crepúsculo de los ídolos.
Nuestros únicos hermanos “irracionales” no muerden la mano de quien les da de comer, se acuestan con mansedumbre al lado de nuestros sueños para vigilar que las estrellas de los cielos, y los orgasmos de cuando en cuando, no sean perturbados por aquellos que la sociedad fabricó como marginales, hermanos gemelos de los dueños y directores de transnacionales de armas y de dolores, mas aquellos miserables sin derecho a la vida de verdad.
Una certeza inunda mi existencia efémera y efímera: ellos decretarían el fin de los inviernos y la perpetuidad de las primaveras. Morderían el alma de los que mandan a analfabetos soldados, reclutados en las calles y desempleados por las leyes del mercado y de la bruja globalización eructo del capitalismo ya muerto, elogiado con coronas de hojas también muertas. Un capitalismo que no quiere dejar que su fantasma de crisis se evaporice en la nada. Serian eliminados los jefes de jorobados escritorios que jamás quisieron, ni quieren terminar con las injusticias de escuelas privadas para ricos, potentados, reyes, emperadores, príncipes eternamente desocupados, presidentes marionetas de los hacedores de cadáveres y administradores de todos los dolores humanos, ellos son los magistrados perversos de toda ignorancia. Sin duda que nuestros Hermanos PERROS (según Francisco el Pobre) con sus patas transformadas en manos firmarían el fin de esa salud empresarial, mercenaria que aprisiona en hospitales a médicos jóvenes, impedidos de devolver la salud perdida a tantos que trabajaron para que pocos tengan piscinas en jardines edénicos o monstruosidades palaciegas en playas exclusivas, yates para perseguir los veranos por todo el planeta, acompañados por prostitutas de tantos dólares o euros las noches sin ternura.
Claro que tengo rabia sin odio cuando veo que Willians (El Príncipe Idiota de Dostovieski) se casa con Kate Middleton el 29 de abril de 2011, rodeado de cortesanos que nunca trabajaron ni devolvieron aún las riquezas robadas a sangre fuego y exploración indescriptible del tráfico horroroso de hermosos y pacíficos negros del África tan explorada y sufrida ni del oro robado de minas de Perú, Chile, Venezuela, México, Colombia y otros, tampoco no son condenados por el famoso Tribunal de La Haya por asesinato de millones de indios (según relatos autorizados del Padre Bartolomé Las Casas al rei de España), legítimos dueños de las tierras que Dios les dio, en las Américas que aún sangran por el idiota racismo nacido en el fanatismo religioso y avaricia de mercaderes y fabricantes de llantos. Es un dolor que me llena de anarquismos cuando veo haitianos amontonados como bestias sin vida entre los escombros del primer país libre del Caribe y, tal vez por eso, solamente por eso la Francia y el Mundo, la ONU, la OMS, la FAO y otras zoologías botánicas los condenan a continuar existiendo en la esclavitud de la indeferencia. Ojos de niños huérfanos de esperanza; hembras embarazadas condenadas a parir en las sucias calles de una civilización democrática; pobres harapos de hombres condenados a cárceles por tomar un pan o un poco de agua limpia para sus hijos. Que los viejos mueran por que no continuaron luchado por la libertad que inspiró a sus abuelos, pero para los jóvenes que se abran de par en par las puertas del paraíso pedagógico, sin tener que pagar inmundas mensualidades para que otros estudien las carreras liberales (que dejaron de ser liberales desde los tiempos de la pobre Tatcher, premiada como condesa o duquesa por los reyes que tienen sus rostros cubiertos de sangre). El mundo sangra mientras los Emires eyaculan petróleo y los hijos de los reyes se hincan hipócritamente frente a Tabernáculos en los cuales no creen o no respetan.
Si no sintiera rabia sin odio, seria peor que un PERRO sin alma. Un proyecto de hombre que fracasa en su trabajo por la justicia horizontal y vertical, sin transversalidad.
Más quien soy yo para mudar el mundo si ni Buda, ni Cristo, ni San Francisco (repito El Pobre), menos Santa Teresa de Calcuta o mi amigo y hermano Helder Cámara no pudieron enternecer el corazón de excremento de los que nos gobiernan, desgobernando, desde sus sitiados palacios construidos y pagados con nuestro sudor y gruesas lágrimas.
Como un Neruda puedo explicar también algunas cosas: marginales somos nosotros que volvemos las espaldas a las viudas y huérfanos; somos carrascos verdugos de los Seres Humanos que trajimos del campo para ser ejército de reserva de fábricas urbanas, negándoles el derecho a la existencia hipermoderna y apenas entregándoles un estúpido e intruso celular o una pequeña TV en negro o blanco o una escuela municipal o estadual sin la pré-modernidad. Para lavar nuestra conciencia le instalamos modestos puestos de salud donde médicos, odontólogos, asistentes sociales sin los beneficios que damos a los hospitales de ricos o de las pobres víctimas de dantescos planos de pésimo atendimiento y peor salud.
No soy original en mis lamentaciones. Viviane Forrester en El Horror Económico ya denunció estos crímenes; José Ferrater Mora y Priscila Cohn nos alertaron para la Ética Aplicada del Aborto a la Violencia, que es siempre negada por Papas y puritanos de apariencia; también Cristóbal Caudwel en Una Cultura Moribunda: La Cultura Burguesa nos indicó que no somos el remedio y si la enfermad.
Por eso prefiero mi querida amiga del ama, Daniela, repetirte los versos de Gustavo Adolfo Bécquer: Cuando volvemos las fugaces horas/ del pasado a evocar,/ temblando brilla en sus pestañas negras/una lágrima pronta a resbalar.
Si, confieso mi amor por todos los PERROS de calle y de las casa. Son racionales en el amor, la ternura, la lealtad de que cual muchos de nosotros carecemos. Pues conozco exhermanos que acuchillaron como Brutus a muchos de sus hermanos; que hicieron de la traición y del perjurio (como ese Claudio que nunca hubiera querido conocer clavó su deslealtad en la espalda de mi Hermano Gran Maestro).
Quiero parar de escribir sobre la realidad real, para dedicarme a los versos que llevo en mis labios; poder amar sin corrientes ni prohibiciones de cartorios ni de sacristías; quiero mis sentimientos libres; poder transformarme en jardinero de esperanzas ciertas y verdaderas; poder mirar al cielo y ver en cada estrella millones de mujeres adoradas y regaladas con orquídeas, sin que tenga que recibir celos ni guerras…
No puedo sinterizar lo que tanto abunda, como quisiera. Me falta la inteligencia de los sabios y la ternura de los poetas. Pero me sobra la hidalguía para decir lo que quiero.
Con profundo amor y fraternidad a quienes sufren como yo.

sexta-feira, 19 de novembro de 2010

Un Amor en Leningrado

Un Amor en Leningrado

Mi linda y querida amiga: voy aparecer a Tom Hanks, interpretando Forrest Gump, contándote que con el cuerpo agitado de emoción curiosidad, más armado ideológicamente, llegué a Leningrado una tarde oscura, llena de nubes igual que brujas locas navegando en sus escobas de espuma por el océano del cielo soviético. Venía caminando en una línea aérea local procurando encontrar los ecos de los miles de soldados muriendo de frío, hambre y heridas, sitiados por intrusos invasores que hablaban la lengua negra del nazismo y vomitaban bombas y balas sobre el pecho generoso del pueblo que ya había expulsado a Napoleón y a los parásitos que se alimentaban del sudor y sangre de campesinos más analfabetos que el propio zar y su pandilla.
Las calles estaban calientes, parecían dormir tapadas con la frazada espesa de nieve. Las casas con sus ojos de vidrio espiaban en busca, tal vez, de posibles enamorados que podrían abrazarse entre el viento y la pasión sin importarse que el Ártico somnoliento les cerrara los labios. Todo el mundo rezaba los poemas de Maiakowski y pedazos de hielo danzaban en los techos aquellos bailes beatíficamente dantescos que sólo los cosacos de las generosas planicies de Rusia pueden hacer entre sábanas de sus largas noches de amor.
Más no es una narración de paisajes que quiero contarte. No es mi intención traicionar los secretos que Sonya dejó en mi flaca memoria de pasajero eterno, cuando su trenza rubia quería ahorcarme con esa suave ternura que las mujeres dan al amado invasor, por estar invadiendo un territorio tal vez o casi virgen, en donde los hombres no pueden clavar sus banderas de machos si primero no derrotan el santo pudor de miel de una mujer que quiere sin querer continuar siendo doncella.
Nos conocimos en el Museo de la Historia. Ella era una perfecta estatua de belleza euro-asiática, imposible de encontrar ni en lo más alto de los infinitos universos y ni en los más profundo de los mares sexuales. Cuando caminaba en busca de un libro escrito en un idioma que jamás yo podría leer, apenas pedido sólo para ver si sus piernas eran la pauta de una sinfonía y ballet que sus caderas tocaban y danzaban como demonios en mis retinas y si podría poner mis dedos corporales en su cuerpo de espuma.
Ella hablaba castellano como si fuesen las Sirenas que querían embrujar a Ulises (ese de la Odisea); las silabas se apretaban en las palabras llenándome las arterias de leche y de vino. Más, esos ojos de carbón de mina no explorada y clausurada quemaban la parte interna de mi piel prendiendo fuego en la hombría solitaria y obligada que dictaba la diplomacia. Había pasado por Shangai y Pequín sin haber probado lo que por derecho divino mujer y hombre deben beber. Estaba con sed de morder esos labios rojos como la bandera de su partido comunista.
Te cuento que era una mujer mucho más hermosa que una mañana de primavera; tenía el desafío en sus pechos y ninguna coraza en su vientre. Ella habló alguna hechicería, pues me vi volando en una especie de alfombra mágica, llevándola en mis brazos casi desnudos de calor hacia un rincón del río Moyca que en esos tiempos aún no estaba preso en una celda de hielo.
Fuimos varias veces y muchas veces, tan tristes por ser huérfanas de tiempo, a luchar como amantes ferroviarios debajo de árboles mudos y otras veces también conversamos el idioma del Paraíso o en su casa o en mi cama..
Ni ella preguntó por mis amores ni yo le pregunté por los suyos. Parece que en esos minutos, cuando ninguno de nosotros era otro, lo único que importaba era despedirse del fantasma tiempo y cerrar con los labios todas las puertas y ventanas al mundo universal.
Aún hoy la recuerdo blanca y rubia, con su anatomía dura como debe serlo una mujer que quiere ser estrella en un cielo de ternura. No se si ella me recuerda como un soldado que fue a la guerra y después de terminadas las batallas vuelve con sus ropajes emocionales rotos de tristeza porque no se pudo amar a quien no se amaba o no se pudo
colocar cadenas y congelar para siempre esos momentos de invierno que más se parecieron a noches de verano.
Nunca más la vi y nunca más me vio. Esperé y espero encontrarla en otras mujeres planetarias así como ella me encontró en la geografía de otros hombres...
Cuando se habla de amores que no murieron, porque el amor no muere, se debe tener cuidado que los detalles queden prendidos en el silencio y así nada desaparezca y todo vuelva a la vida con sólo cerrar los oídos y abrir los ojos.

TPablo Ballesteros

sexta-feira, 5 de novembro de 2010

OTOÑO ESTACION DEL AMOR

Tengo un amigo, casi hermano, que me llama de antiguo y un hijo que cuenta a sus amigos las historias de su viejo (que soy yo). Pienso que ambos tienen una monjil envidia carmelita de mis experiencias territoriales por los ríos femeninos en los cuales navegué como un mal intencionado pirata sexual. Tal vez, saben que ellos jamás podrán besar, como el vino de cada día, aquellos inmensos y misteriosos labios que aún tengo dibujados en mis intimidades y que no consigo (ni quiero) borrar con otros amores tan clandestinos y bellos, como sólo los puede vivir hoy día un antiguo o viejo como yo.
Aquellos jóvenes atletas del tiempo no tienen idea del porque un antiguo y viejo (como yo) puede amar al otoño más que la primavera: Es el único tiempo – anual que tiene licencia del Arquitecto de los Universos para desnudarse en público y privado, quedar con sus maderas desiertas esperando que vengan las viejas golondrinas de sus ramas “sus nidos a colgar” y a contar las infidencias que en otros jardines los amantes se aman sin amarrarse jamás.
Esos dos seres, amigo e hijo, que alumbran las edades de mis noches jamás imaginarán que soy, fui y seré como “marineros que besan y se van/ que en cada puerto una mujer los espera”, y así como ellos, ebrios de sal y deseos embarcados como condenados apenas besan y se van.
No quiero que las estrellas pierdan su blanca virginidad por la sinverguenzura de mi sexual confesión, como no quiero que sepan quien es mi nueva paloma de paz que bendice mi guerra otoñal.
Pensando en mis pecados Lin-Yu-Tang (Un Momento en Pekín) les contó a sus lectores que “en la juventud, la belleza es un accidente de la naturaleza y en la vejez es una obra de arte”, es decir, dejar deslizar por las laderas de la imaginación una pasión imaginaria es una arte apenas practicada por quienes recibieron diploma de amante en la universidad de la vida. Antiguo y viejo, como los años me crearon, autorizan mis ojos para gritar en silencio que la “imperfección del género humano” como confiesa Saramago no es de hoy, sino que histórica (Ensayo de la Lucidez) y que este defecto del alma hace de la pasión masculina una virtud femenina.
Preciso explicar que para poder soportar la lluvia de mediocridades que caracterizan la Creación bíblica, con sus mares de mentiras y amores truncados o aún no nacidos; para poder caminar por las calles de la hipocresía sin ensuciarse, es necesario forrarse de esos amores imaginarios, cuando ella (la Bella) no tiene idea que es amada en el convento caprichoso de mi imaginación.
Antiguo o viejo, voy a esperar al anciano verano con sus faldas cortísimas que me hacen sudar y sus floridos sostenes que esconden los más maravillosos montes jupiterianos que un Ser mortal pudiera haber besado. Ellos, mi amigo y mi hijo, jamás van a sospechar que detrás de mis años se esconde un joven saturados de amores y hambriento de otros más invernales que los vividos, porfiadamente inocente de la carga de años que llevo en los bolsillos, lejos del corazón…