Las informaciones que nos invaden son de la peor sustancia: el paraíso económico idealizado por Smith, Ricardo, Keynes, Friedmann, otros monetaristas contemporáneos está en ruinas: un infierno; el universo pedagógico, por lo menos en esta parte hermosa del Planeta se encuentra en la más profunda miseria: profesores muriendo con sueldos de abismal vergüenza; escuelas sin tecnología de punta; programas ridículamente improvisados, sin epistemología, baseados en demagogias oportunistas de falsos Mesías del neo-liberalismo-populista pos dictaduras; iglesias perdidas en pecados, con portones cerrados y sus ministros haciendo fila en ventanillas de bancos o sentados en escritorios de empresas y los feligreses recurriendo a magias de pastores milagreros que sacan culebras y sapos de la boca de falsos enfermos (pagados a tantos pesos la opereta). En otras geografías países como Italia, Francia e Inglaterra (EE.UU. permanece sacando castañas con la mano de esos gatos) desparraman bombas sobre pechos y vientres de mujeres vírgenes o matronas, reparten la golosina de armas de última generación a pobres obreros, campesinos, funcionarios públicos para que “derrumben al tirano” que después de 42 años de impunidad despertó la conciencia de perpetuos colonizadores y ladrones de riquezas básicas de pueblos en semi-analfabetismo, gracias también a oportunas invasiones evangelizadoras del pasado próximo o lejano.
Seres humanos, ayer dueños de ríos, valles, montañas, desiertos, paz y libertad para ir y venir, pasaron a ser números estadísticos, fríos, ajenos a cualquier humanismo. A musicalidad oriental de Omar Khayan se perdió como gota de agua en un océano de muertes y arenas; la sonrisa tenue y angelical de niños en Somalia que mueren de hambre, con sus tremendos ojos abiertos mirando al Vaticano y a nosotros, forman un peso insoportable en las conciencias de hombres casi libres y de sospechosas costumbres.
Casi no importa que a nuestro lado geográfico vivan en armoniosa promiscuidad drogas, prostitución, comercio de órganos, corrupción política babilónica, mentiras y promesas tan falsas como hipócritas, pues lo importante es que creíamos estar bien, seguros y con futuro también seguro. Más, toda esa seguridad es relativa. El progreso global es una mentira. La miseria universal de las costumbres y valores una verdad, el amor una utopía de soñadores con los pies en el cielo.
Las catedrales y capillas fueron reemplazadas por Bancos Centrales con la teología de bolsas de comercio y de futuro que obliga al universo de modernos zumbies a rezar el lenguaje comercial con letanías infernales de dólares, euros, yuanes y otras torturas.
Los niños perdieron sus juguetes en la selva de la Internet y los besos de sus padres se congelaron en su majestad Googgle.
Los adultos se transformaron en mecanos movidos por celulares o autos made in China, Corea o Japón. Perdieron el habla. No conocen sus vecinos, ni les importa que estén muriendo de soledad. Corren como locos para aumentar la riqueza del patrón de turno; ni comen más el plato oloroso que sus madres preparaban, prefieren un “Pancho” o un cheesburguer u otra porquería que los matará en breve. Ya no hacen amor al son de Chopin, Strauss o de Roberto Carlos ni de Julio Iglesia: prefieren el anonimato y la monotonía y rutina de besos y sexos obligados por estúpidas leyes humanas y divinas. Los hijos son sueños idos y los nietos esperanzas perdidas.
Ese mundo real lo vivimos y no reaccionamos. Estamos de brazos cruzados pensando que somos felices (¡cuanta infelicidad!).
Creemos que los gobernantes nos aman y pierden el sueño de tanto pensar en nuestros dolores o proyectar paz y seguridad. ¡Cuánta ingenuidad!. Sólo piensan en sus panzas y usan adjetivos políticos para engañarnos de que son progresistas y de buena memoria, que recuerdan cuándo eran presos de dictaduras o víctimas de torturas: son todos hipócritas de hipocresía cósmica infinita.
Y, nosotros los elegidos, Los libres y de Buenas costumbres: ¿qué hacemos? Nada, simplemente hacemos cuenta que somos solidarios, hermanos e iguales a aquellos que se pudren en los campos de guerra fratricida, en las cárceles llenas de inocentes, en los parlamentos donde duermen o mueren las poesías de igualdad, en los juzgados de donde huyó escandalizada la justicia. Otros desde los bancos escolares nos miran y silenciosamente cobran actitudes coherentes con aquellos santos Principios (anónimos y discretos, pues dejaron de ser secretos).
Alguien leerá estas líneas y rezará un Padre Nuestro (alguien hará alguna cosa…)
Pablo Pinto Ballesteros
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