terça-feira, 7 de dezembro de 2010

PROHIBIDO AMAR. PERMITIDO ODIAR

(Aviso importante: proibido para curas, monjas,
fanáticos religiosos, políticos y sindicalistas corruptos
o hipócritas da tolerancia que no se deberia tolerar;
proibido para menores de um año).

Se que estoy entrando, voluntaria y globalmente (física, emocional, espiritual, intelectual, social y cosmológicamente) en territorio prohibido por leyes del neoliberalismo-capitalista-salvaje y sin futuro. Así como puedo imaginarme la reacción de aquellos monjes de la hiper-hipocresía democrática: “Negar el misterio divino, criptografiado en el Génesis, cuando Caín, llevado por santos celos, mata Abel y miente – la primera mentira humana”. Sería laica herejía negar el derecho milenario de matar conocidos y desconocidos, nacionales y extranjeros, amantes e indiferentes, hermanos y a quienes se nos de la santísima gana de matar por matar. Inclusive cortar para matar el cordón umbilical que nos llena de ternura: el amor amoroso (sin ese escondido erotismo eremita que todos creen ver cuando un hombre bien hombre admira y ama todas las mujeres del universo, en plural y singular). No puedo dejar de dar el derecho animal a los asesinos da pre y post historia que amparados por usos y costumbres civilizatorias practican el económico deporte de guerras, invasiones, corrupciones, asesinatos de Presidentes y niños de mamadera. ¿Alguien ignora como cabezas coronadas de la triste Europa Moribunda se mataban, envenenaban y fornicaban entre ellos? ¿Ignorar los Borgias sodomizándose entre ellos, como pequeño ejemplo y los asesinatos de muchos Papas por otros papas, no es negar el amor y endiosar el odio? ¿Cómo podría definirse la esclavitud, el genocidio de “indios, pieles rojas, aimarás, incas, aztecas, mapuches, onas, tehuelches, patagones., tupí-guaranis, yavantes, marayos,” dueños legítimos de estas tierras donde habitamos sin vergüenza y sin respeto al Dios de los Universos? ¿Cómo secar la sangre indígena de las conciencias de los viejos y actuales colonizadores? La protesta no es mía, por haber dejado de amar o porque dejaron de amarme, es el grito de los copihues en Los Andes, de amapolas en Colombia o de rosas, alfonsinas, isadoras y marías en mi alma Americana y chilena de verdad. ¡Los fusiles y cuchillos ingleses, franceses, suizos, alemanes y de otras especies semi-humanas quemaron en hogueras los poemas de Byron y de Dante. Los militares gritan en las plazas invernales: Viva la muerte, muera el amor!
Yo, responsablemente confieso que no tengo la inteligencia ni capacidad para definir esas y estas tiranías hipermodernas (de la cual soy víctimas de primera mano en los caninos del derecho tuerto nazista).
Tres películas me dan pesadillas: El Señor de las Armas, Las Reglas de la Guerra y la Sociedad de los Poetas Muertos. Estas escenas me dan razón para odiar el odio y amar, sin la más mínima reserva de conciencia, todos los amores terrenos y a lo mejor el divino.
Un hombre medianamente racional y básicamente alfabetizado no puede, en estos momentos de profunda crisis moral, política y religiosa, dejarse abrazar por los pétalos perfumados a besos, abrazos y sexos, menos asistir a las misas pontificales del amor que nuestros padres celebraron cuando nos llamaron a este mundo. La orden es: el rico debe odiar al pobre; el pobre debe ser llamado de marginal y el rico de justo y perfecto; la hija del pobre puede ser prostituta y la del rico, empresario o industrial, alcalde o presidente, debe ser reina de cualquier cosa. Los teólogos de las diferencias de clase dirán con adjetivos majestuosos: siempre fue así y siempre será así. Para las clases media-alta y media-medias la alegría, jardines de flores perfumadas a injusticias; para el sudado y cansado trabajador fútbol, carnaval, misas, rosarios y ángelus, nada más que eso. Los ricos tienen dientes y los pobres huecos y encías heridas. Para pocos la risa de infinitos casamientos ilegales y clandestinos y para el pobre desfiles de burdeles y funerales. Para mineros, pescadores de alta mar, campesinos sin tierra, profesores primarios, médicos sin fama, jóvenes sin amores la muerte prematura y para los dueños anónimos de bancos del mundo silencioso sin protestas calladas: bañeras de hidro-masaje.
Lo que quiero decir es que el verbo amar, semioticamente, tiene el derecho de estar al lado de su hermano (aún no declinado entre los viejos pliegues cerebrales de ancianitos dictadores-intelectualoides, siempre durmiendo en las drogadas Academias de las Letras Muertas): sexo.
¿Quien prohibió amar y dio el derecho para odiar? ¿Quien me prohíbe amar y quien autorizó el silencio? Yo mismo, pues soy dueño de mi alma así como autorizo sin tener el derecho para autorizar que él o ella se amen, así como todas ondas de los mares aman los senos de las costas, así como los vientos ecuatoriales se amanceban con los polares, así el odio puede ser destruido e sobre la nieve gruesa de la indiferencia se puede construir la solidariedad, la fraternidad, la igualdad y, especialmente, hacer realidad de multiplicarnos y ganar el pan con el sudor de nuestra frente.

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