sexta-feira, 19 de novembro de 2010

Un Amor en Leningrado

Un Amor en Leningrado

Mi linda y querida amiga: voy aparecer a Tom Hanks, interpretando Forrest Gump, contándote que con el cuerpo agitado de emoción curiosidad, más armado ideológicamente, llegué a Leningrado una tarde oscura, llena de nubes igual que brujas locas navegando en sus escobas de espuma por el océano del cielo soviético. Venía caminando en una línea aérea local procurando encontrar los ecos de los miles de soldados muriendo de frío, hambre y heridas, sitiados por intrusos invasores que hablaban la lengua negra del nazismo y vomitaban bombas y balas sobre el pecho generoso del pueblo que ya había expulsado a Napoleón y a los parásitos que se alimentaban del sudor y sangre de campesinos más analfabetos que el propio zar y su pandilla.
Las calles estaban calientes, parecían dormir tapadas con la frazada espesa de nieve. Las casas con sus ojos de vidrio espiaban en busca, tal vez, de posibles enamorados que podrían abrazarse entre el viento y la pasión sin importarse que el Ártico somnoliento les cerrara los labios. Todo el mundo rezaba los poemas de Maiakowski y pedazos de hielo danzaban en los techos aquellos bailes beatíficamente dantescos que sólo los cosacos de las generosas planicies de Rusia pueden hacer entre sábanas de sus largas noches de amor.
Más no es una narración de paisajes que quiero contarte. No es mi intención traicionar los secretos que Sonya dejó en mi flaca memoria de pasajero eterno, cuando su trenza rubia quería ahorcarme con esa suave ternura que las mujeres dan al amado invasor, por estar invadiendo un territorio tal vez o casi virgen, en donde los hombres no pueden clavar sus banderas de machos si primero no derrotan el santo pudor de miel de una mujer que quiere sin querer continuar siendo doncella.
Nos conocimos en el Museo de la Historia. Ella era una perfecta estatua de belleza euro-asiática, imposible de encontrar ni en lo más alto de los infinitos universos y ni en los más profundo de los mares sexuales. Cuando caminaba en busca de un libro escrito en un idioma que jamás yo podría leer, apenas pedido sólo para ver si sus piernas eran la pauta de una sinfonía y ballet que sus caderas tocaban y danzaban como demonios en mis retinas y si podría poner mis dedos corporales en su cuerpo de espuma.
Ella hablaba castellano como si fuesen las Sirenas que querían embrujar a Ulises (ese de la Odisea); las silabas se apretaban en las palabras llenándome las arterias de leche y de vino. Más, esos ojos de carbón de mina no explorada y clausurada quemaban la parte interna de mi piel prendiendo fuego en la hombría solitaria y obligada que dictaba la diplomacia. Había pasado por Shangai y Pequín sin haber probado lo que por derecho divino mujer y hombre deben beber. Estaba con sed de morder esos labios rojos como la bandera de su partido comunista.
Te cuento que era una mujer mucho más hermosa que una mañana de primavera; tenía el desafío en sus pechos y ninguna coraza en su vientre. Ella habló alguna hechicería, pues me vi volando en una especie de alfombra mágica, llevándola en mis brazos casi desnudos de calor hacia un rincón del río Moyca que en esos tiempos aún no estaba preso en una celda de hielo.
Fuimos varias veces y muchas veces, tan tristes por ser huérfanas de tiempo, a luchar como amantes ferroviarios debajo de árboles mudos y otras veces también conversamos el idioma del Paraíso o en su casa o en mi cama..
Ni ella preguntó por mis amores ni yo le pregunté por los suyos. Parece que en esos minutos, cuando ninguno de nosotros era otro, lo único que importaba era despedirse del fantasma tiempo y cerrar con los labios todas las puertas y ventanas al mundo universal.
Aún hoy la recuerdo blanca y rubia, con su anatomía dura como debe serlo una mujer que quiere ser estrella en un cielo de ternura. No se si ella me recuerda como un soldado que fue a la guerra y después de terminadas las batallas vuelve con sus ropajes emocionales rotos de tristeza porque no se pudo amar a quien no se amaba o no se pudo
colocar cadenas y congelar para siempre esos momentos de invierno que más se parecieron a noches de verano.
Nunca más la vi y nunca más me vio. Esperé y espero encontrarla en otras mujeres planetarias así como ella me encontró en la geografía de otros hombres...
Cuando se habla de amores que no murieron, porque el amor no muere, se debe tener cuidado que los detalles queden prendidos en el silencio y así nada desaparezca y todo vuelva a la vida con sólo cerrar los oídos y abrir los ojos.

TPablo Ballesteros

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