quinta-feira, 9 de setembro de 2010

Casi llegando la primavera

Confieso que soy casi como un benedictino, más sin monasterios ni vaticanos; voy tejiendo mis utopías imposibles para vestir mis sueños y a pesar de lluvias de intolerancias también confieso que no soy perfecto, mas quiero ser justo. Por eso me aprieto en todos mis Juramentos para que las tormentas de la vanidad y ambiciones que tanto abundan en el mundo profano y en el otro no me ahoguen con su sal de maldad.
Parece que confesarse hace bien, pues los hombros de mi conciencia quedan mas leves y dispuestos a cargar los nuevos pecados veniales de amar todas las mujeres solteras, casadas e ínter ludiadas; cargar sobre la razón hermanos nuevos; vivir sin mirar para atrás días nuevos; revivir encuentros adúlteros nuevos y primaveras de vestidos cortísimos nuevos.
Cuando trajinaba mi juventud por los patios de las mujeres que ame (a lo mejor también fui amado y no desperté con los besos que me dejaron caer en mi porfiada soltería de honesto traidor de amores), fui recogiendo pedazos de experiencias con las cuales construí una ternura por mis enemigos, sin que ellos se dieran cuenta que son marginales viviendo en condominios de ricos.
Cuánta tristeza me causan los que tienen ojos de vidrios que les impide ver la pobreza de sus hermanos de carne y hueso; cómo me duelen los oídos de tanto escuchar los gritos de silencio de los indios desposeídos de sus ubres territoriales y hoy encadenados a una civilización fea, sectaria, fanática, deshumana, terriblemente idólatra y voluminosamente analfabeta de toda la pré-historia en donde fueron enterrados los secretos del Grande Geómetra de todos los universos escondidos de nuestra razón.
Cómo siento en mis testículos de hombre bien hombre el dolor que provocan a los niños los aprendices de dioses con pezuñas de barro. Ayer mataban y quemaban mujeres por ser amadas y amantes; trituraban hombres por sudar libertad mientras los curas, los reyes, los eternos vagabundos con títulos de condes, barones, marqueses y otras porquerías sociales abrían sus gargantas para reír de la sangre derramada por los negros azotados y de rodillas (antes de la barbarie colonizadora – misionera eran reyes de sus tribus y gobernantes de sus almas y después del catecismo papal son humanoides descartables coronando las metrópolis del primer mundo bélico y politeísta).
Bandos de eternos parásitos sociales invadieron (aún invaden) las tierras de los hermanos incas, mayas, aztecas, mapuches, diaguitas, tupís-guaranes, xavantes y miles de otras naciones soberanas en este corazón que tenemos por tierra natal, usan cuchillos fratricidas Made In USA, cañones asexuados y pólvora religiosa; mataron (aún matan) viejos sabios, estupraron (aún estupran) nuestras hermanas, envenenaron (aún envenenan) la cosmología e cosmogonía de verdad y esclavizaron (aún esclavizan) el sexo del mundo pobre al palo mayor de sus degeneraciones, solo y solamente para saciar vicios hediondos, llenos de todas las plagas bíblicas.
Algunos quieren que escriba sobre los alelíes, copihues, rosas y zarzamoras, que deje de leer Heródoto con sus historias de verdades, que no me incline delante de la sabiduría de Tucídides, ni aprenda a ver el mundo como Platón lo vio desde la Caverna; que no piense en La Ciudad de Dios de Santo Agustín, ni me atreva a descifrar el laberinto teológico de Santo Tomás de Aquino del cual todos hablan y nadie entiende; quieren que me junte a Maquiavelo para endiosar los príncipes de Arabia Saudita o de Los Emiratos Árabes e ver danzar sus concubinas con etiquetas falsas de esposas, en cuanto azotan a la Sakineh. Sin embargo, no soy sordo al liberalismo católico de Maritain, como no entiendo a Hobbes que trata al hombre de lobo, ni a Tocqueville con su hazaña republicana. Mas soy admirador, así como Keynes y Friedmann, de Marx y Hengel; admiro la utopía de Proudhon, Bakunin, del Príncipe Protopkin. Repito día a día el Poema Pedagógico de Makarenko y hago amor sin sexo con todos los poetas malditos del siglo pasado.
Pero (siempre hay un pero), tengo repulsión gástrica cuando me nombran a Koimini (hoy acredito viviendo en el infierno donde se pudren los fanáticos e ignorantes intolerantes), tal vez porque admiro la franqueza filosófica de Durkheim y la claridad crepuscular de Max Weber. Así como leo a Marcuse tengo pleno derecho a no concordar con Aron (el anti marxista), porque soy partidario de la autonomía intelectual de Charles Taylor y de todas las tesis éticas de Rosenzweig e Ricoeur. Debo confesar, con fingida vergüenza, que me falta tiempo para leer y amar, de aprender de quien piensa y no lee. Por fin, confieso que me horroriza leer La Intolerancia en Europa de Italo Mereu, como sufro re-leyendo la Inquisición de Pilar Huerta, Jesús de Miguel y Antonio Sánchez.
Mejor es pasear por el jardín de los sueños de Alí Babá y los 40 Ladrones para perdonar los miles que conozco en esta contemporaneidad. Por eso que así sea…

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