Después de tantos años que vi la película Zorba el Griego, vengo a sentir la molestia dolorosa que él expresó cuando dijo que: “No puedo vivir en paz sabiendo que hay una mujer durmiendo sola”. Por detrás de esta frase genial y que hizo sonrojarse a los miembros del Opus Dei y de otras sectas desviadas del Mandamiento Divino de Amar amando; que debe haber causado temporales hormonales en conventos y abadías, me azota la conciencia la imagen de una mujer que será matada a piedrazos o, por acto de misericordia, ahorcada hasta la muerte. Pienso que en esta Era del Neo-liberalismo que no tiene nada de liberal ni menos de neo, hemos avanzado nada en el derecho de amar y ser amado, a la hora y lugar que se me ocurra.
¿Qué será que pasó en esa inocua organización defensora (según los burócratas bien pagos que la componen) de los propalados derechos humanos? Junto con callar por el martirio repetido de miles y cientos de mujeres sometidas al bárbaro apedreamiento de la prostitución infantil juvenil, adulta y de la última edad, están dejando a Sakineh Mohammadi Hastíani morir segundo a segundo, hora tras hora, días tras día, martirizada por dejar huérfanos a sus hijos inocentes, por haber (no se tiene certeza) obedecido la dulce tibieza dictadura de sus hormonas y amado, mas de cuerpo que de alma al hombre deseado. ¿Cuál es el pecado? Si así fuera Bill Clinton y CIA, otros Ministros de la Reina Madre o de la Madre Reina de Inglaterra, algún juez desavisado del peligro de los moteles en Francia y muchísimos ilustres, honestos y laboriosos senadores, diputados, alcaldes, latino-americanos y americanas tendrían que importar piedras de África para ser divinamente apedreados y los señores alcaldes, preocupados con nada mas ganando mucho, tendrían que ordenar a sus miles de desocupados funcionarios a plantar horcas en cada esquina de cada ciudad y villorrios para colgar a los inconfesos adúlteros y otros ingenuos que acreditan que el amor es para amarlo. Son tantos y tantos los adulterios de día y de noche como podemos ver por la multiplicación de los claustros clandestinos del sexo que no tienen plazo ni voluntad para acabar.
Sakineh será asesinada y los integrantes de todas las organizaciones (¿) “humanitarias” (?) podrán volver a sus labores de hablar y hablar, pues la voz no hace mal a nadie.
Y nosotros los educadores de la infancia y de los universitarios continuaremos haciendo de cuenta que enseñamos valores sagrados del cristianismo y respeto a las tradiciones centenarias de la vulgar y etiquetada Celestina apellidada de Democracia.
Por lo menos, otra noticia tampoco nada buena: soldados del Tío San, que saquearon las riquezas arqueológicas de la antigua Persia, que mataron civiles desarmados, que violaron no se sabe cuántas niñas, que sembraron el odio contra los musulmanes (no digo que estén ciertos, más es su derecho a encerrar las mujeres en idiotas burkas que no nos dejan ver la belleza húmeda y tibia de sus piernas y senos ni el misterioso mensaje sexual de sus ojos y labios); que gastaron billones en balas y cajones funerarios buscando las armas nucleares que jamás existieron y que vuelven entrenados para continuar matando en las calles, iglesias, universidades y barrios a negros, latinos, estudiantes llenos de justas utopías; prontos para obedecer el llamado de generales masturbados, escondidos de miedo en refrigerados gabinetes, prontos para invadir algún desavisado, mas rico país del tercer mundo. Para eso sirvió la guerra en Irak, Afganistán, Somalia y otras pobres geografías, otrora saqueadas por las testas coronadas de una Europa moribunda e eidética.
Sakineh me recuerda a la prostituta perdonada por el Hermano Jesús de Nazareth y los versos de El Corán predicando misericordia, paz y Amor a Alá. Puede ser tarde para pensar más temprano para cambiar radicalmente los miembros de esa institución que no sirve para nada: ONU, OEA, OIT, OMS, UNICEF, UNESCO, OTAN (bueno, ésta sirve de pantalla para inaugurar nuevos cementerio) y otras hierbas por el estilo. El Papa, el Dalai Lama, el Arzobispo de Canterbury, los Padres de Santos no hablaron nada ni hablaran...
Pablo Hernán Pinto Ballesteros
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