Maldito sea el amanecer que me despierta sin haber encontrado la cintura amada en el baile de mis sueños. Un día amargo, vestido con el gris de la soledad me espera a la puerta para llevarme al mismo lugar que no quiero vivir. Miro por la ventana de mi alma ese paisaje tan triste de ser extranjero en un país de extranjeros. Nada es mio ni de nosotros. Parecemos momias inenterradas caminando como los ciegos de Saramago por entre todo lo que van matando aquellos que quieren ser dueños de nuestros cuerpos, ya que son los amos de nuestros pensamientos.
La vida me colocó zapatos de plomo en este país que no entiendo porque él tampoco me entiende y donde tengo tantos amigos que nos los quiero olvidar, como cantava la morena Violeta Parra. Correr es imposible con ese peso en los pies, peor aún porque las ideas como viejas golondrinas vuelan a la velocidad del tiempo y desde las alturas de sus cielos se burlan de mi estado de estatua viva y moribunda.
Tu, me preguntas que me pasa? Y yo te respondo: soy un hombre huérfano que perdió su amor o el amor lo perdió. Voy nadando en un mar ajeno para algún puerto en donde me espere una marinera (lo contrario de los versos de Neruda) que me besen y no se vayan nunca y millones de niños se rian de mis risas, con sus dientes de leche.
Mañana cuando sea primavera estaré volando por los infinitos universos, territorios del Gran Arquitecto de Todos los Universos y tendré permiso para mirar hacia la tierra y ver que había tanta ternura que no conseguí plantar en mi huerto para que produziera frutos de abrazos y de sexos, como si fuera el carnaval de la vida.
Mujer, ser extranjero en tu cama es como ser un niño sin madre.
Perdona que te bese en los labios para decirte Adios.
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